ESTELA G. 3º ESO B
Unos escalofríos recorrieron el cuerpo de Estela, haciéndole imposible mantener el control de sí misma.
Podía verse el yeso que ocultaba toda su pierna, desde la punta del pie hasta el muslo. Su padre se encontraba sentado en una silla justo a su lado. Tenía la mirada perdida y daba vueltas a su anillo en la mano. Su hija posó la mirada en él y lo observó atentamente. Sonrió al ver que su padre estaba más nervioso que ella y que intentaba ocultarlo.
-¿Cuánto más va a tardar? – protestó el hombre elevando la voz. -¡Dijo que solo era un mo…!
Sus palabras se vieron interrumpidas por el ruido de la puerta al abrir. Adrián Clemente entró en la habitación, saludó a padre e hija y se disculpó por su tardanza.
-Ha habido una confusión en los papeles y he tenido que ir a cambiarlos, discúlpenme. – cogió su silla y se sentó en el lado izquierdo de la camilla donde la chica estaba sentada. Saco unas tijeras del bolsillo de su bata blanca y le dijo a Estela – Bueno, ¿cómo estas?
-Bien – contestó con una sonrisa nerviosa- solo quiero volver a caminar sin muletas, como antes.
-Todo a su tiempo… - su cabeza estaba inclinada sobre la escayola, iba a cortar el yeso pero se detuvo y miró a la chica -¿Preparada? – le preguntó al tiempo que enseñaba los blancos dientes que se veían tras su sonrisa.
-¡Sí! – murmuró.
Su pulso se aceleró al notar como la escayola iba separándose de su piel. Pasó un minuto hasta que Adrián separó la tijera del yeso.
-A ver como esta esto – murmuró.
Respiró profundamente al tiempo que alargaba la mano y tocaba los puntos que unían su piel a la altura de la rodilla.
-Está bastante bien, ¿no cree doctor? – preguntó su padre
-Sí, te has recuperado muy bien Estela, pensé que tendrías que esperar unas dos semanas más, pero ya veo que me equivocaba.
-¿Ya puedo caminar sin muletas?
-Sí, pero no deberías estar mucho rato sin ellas, no es bueno someterla a mucho peso.
-Esta cicatriz te enseñará a mirar si vienen coches por la carretera antes de cruzar.
Su padre se había levantado de la silla y ahora estaba en el lado derecho de la camilla junto a su hija.
-Vuelve dentro de una semana para ver los progresos. – después de decir esto, el doctor los acompañó a la puerta y se despidió de ellos. –Bueno, nos vemos el próximo viernes, recuerda, no sometas la pierna a mucho peso, ¡disfruta de tu <<libertad >>!
-Adiós
Con ayuda de su padre salió de la clínica, esta vez sin muletas, y se subió al coche para regresar a casa.
Durante el trayecto, Estela no dejó de mirar al cielo, de un azul celeste que se encontraba repleto de pájaros que revoloteaban en él en busca de un rival débil a quien quitarle su preciado alimento.
Al llegar a casa su madre estaba en el salón junto con Rebeca y Ariadna. Estela entró y sin la ayuda de las muletas les enseñó a su madre y hermanas la cicatriz que marcaba su rodilla.
-¿Qué te ha dicho el doctor?
-Dijo que me he recuperado más rápido de lo esperado y que volviera el viernes a su consulta.
Después de estar con su familia hablando, se dirigió a su cuarto y se sentó en su cama. Cerró los ojos y la oscuridad se volvió visible. En su mente recodaba el primer día que fue a clase después de su accidente. Todos sus compañeros y profesores la habían saludado con gran entusiasmo. Samuel había sido el primero en estrenar la escayola con su firma. A él se le unieron los demás, y al final del día la escayola de Estela parecía un mural de firmas.
Se sintió cómoda durante las clases y en el descanso tuvo que contarles a sus compañeros como fue atropellada y como había sido su recuperación.
-¡Ojalá yo tuviera la pierna escayolada! – comentó Paula.
-¿Por qué dices eso?- Estela frunció el ceño en señal de confusión.
-¡Porque el profesor de Educación Física quiere que nos pongamos a bailar y yo no quiero!
-No te gustaría, créeme.
Todos empezaron a reír por el comentario de Paula, mientras que esta se ponía roja de la vergüenza.
Una sonrisa iluminó su rostro.
-¿En que piensas? – pregunto Rebeca
Estela abrió los ojos. Su hermana estaba justo enfrente de ella y la observaba impaciente.
-Recordaba el día en que me incorporé a las clases, ¿te acuerdas de lo que dijo Paula? – casi no pudo acabar, pues la risa la invadía.
-Sí, sí me acuerdo – su melliza rió con ella.
El día acabó muy pronto. La noche solo tardó un par de horas en aparecer y mostrar su majestuosidad. Era como si estuviera desesperada por asomar su color al cielo plagado de estrellas.
Estela respiraba con normalidad, estaba echada en su cama, las mantas la cubrían dándole un color acogedor y placentero. La habitación estaba a oscuras y sus hermanas dormían en sus camas. Algo perturbaba la mente de la chica, impidiéndole conciliar el sueno. Decidida a dormirse, cerró los ojos y despejó la mente. De pronto, las antas se volvieron invisibles y su colchón se volvió incomodo y duro. Se giró a un lado y al otro, pero la sensación no cesaba.
Una luz la alumbró desde el exterior. Notó un olor dulce y agradable, el canto de un pájaro le hizo abrir los ojos. Se incorporó con ayuda de las manos. El rostro de Estela reflejaba su impresión. Se encontraba en un bosque, lleno de arboles triangulares de un color verde oscuro. La luz que llegaba del cielo se veía verde por las hojas de los arboles más altos. El suelo estaba cubierto de hierba áspera y lleno de flores silvestres de colores vivos. A su derecha un árbol pequeño enseñaba sus ramas al mundo y, temeroso, las levantaba para que les llegara la luz del cielo. Se puso en pie con cuidado de no hacerse daño en la rodilla operada, pero no sintió dolor al apoyar la pierna en el suelo, por lo que dobló su torso y se levantó el pijama para verse la cicatriz.
-¿Pero, qué es esto? – su rodilla estaba intacta, sin marcas de la operación, como si nunca hubiera tenido el hueso roto.
-¡Estela! – murmuró la brisa
-¿Quién es?, Gannel, ¿eres tú? – giró sobre sí misma en busca del búho.
Justo frente a ella, escondida en la oscuridad de la maleza, había una sombra, un cuerpo humano escondido entre los arboles.
-¿Quién eres? – susurró.
La sombra dio unos pasos hasta quedarse casi fuera de la maleza.
-No puedo verte, ¿Por qué te escondes de mí? –le preguntó.
-¡Bienvenida al Mundo de los Sueños! – la sombra estaba rígida, sin expresión corporal, pero por la forma del cuerpo, Estela supo que se trataba de un hombre. – Recuerda bien este lugar porque pronto regresarás para cumplir tu destino.
Un suspiro salió de la sombra y con el sonido de esta, el bosque fue desapareciendo dejando el lugar teñido de negro.
-¡Ah!- esbozó Estela.
Se había despertado sobresaltada. Las mantas no la cubrían pero notaba el colchón bajo su cuerpo, por lo que supo que volvía a estar en su habitación. Con la mano, tocó la pared en busca del interruptor de su lámpara. Encendió la luz y cogió las mantas del suelo. Las volvió a colocar sobre ella y se dejó caer en su cama. Suspiró, apagó su lámpara y cerró los ojos, esperando poder dormirse.

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