STELA GIL 3ESO B 7/5/12
La mañana había sido pesada, pues por la noche, después de su sueño, Estela no pudo descansar lo tranquila que hubiera deseado. Al despertarse, la cabeza le daba vueltas por culpa del cansancio acumulado. No podía creer que esos sueños le interrumpieran su deseado descanso.
Como siempre, habían ido a clase en el coche de su madre. Los minutos pasaban despacio en el instituto donde todos los alumnos y profesores estaban encerrados la mayor parte del año. Las dos primeras horas habían sido un infierno para Estela. Pero después de la tercera clase, la mañana había cambiado, se habían ido las nubes y el sol brillaba en la mente de la chica. Su profesora de Lengua había entrado en el aula. Su pelo rizado oscuro, sus ojos marrones y su sonrisa presagiaban que la clase sería distinta. No harían esquemas de preparación para exámenes ni darían la sintaxis de oraciones.
Tras estas palabras, el ánimo de Estela cambió por completo.
-Bueno, chicos, hoy será una clase diferente. Durante toda la hora escribiréis un reflexión sobre vosotros mismos, cómo habéis cambiado de parecer en algún momento de vuestras vidas, y cómo y por qué habéis madurado durante las vacaciones. – La profesora había mirado a Estela a los ojos y le había sonreído de una forma pícara y con cierta complicidad.
La chica al ver aquella reacción se sintió incómoda, pero la olvidó en cuanto empezó a escribir. Las palabras corrían por su mente, sabía exactamente sobre qué escribir. Muchas palabras, expresiones, todo se unía en los sentimientos de Estela, que nunca habían conseguido salir de su subconsciente. Cogió un folio, luego otro y otro más. Sonó el timbre del instituto, la clase había acabado; justo en ese momento Estela puso punto final a su redacción. Se levantó de su asiento y se dirigió hacia la mesa de la profesora; esta la había estado mirando durante toda la hora con expresión de admiración y con su misma sonrisa.
-¿Quieres algo, Estela?
-Me gustaría que alguien con buen criterio leyera mi reflexión y me dijera si es buena.
-¿Quieres que yo la lea?
-Sí.
-Muy bien, lo haré, pero quiero que te quedes aquí conmigo mientras lo hago. Esa es mi condición: si quieres que la lea, deberás quedarte aquí.
Estela estaba confusa: ¿tan importante era que se quedara para que su profesora leyera su reflexión?Al final decidió acatar la petición de la mujer y quedarse. Se quedó durante el recreo, sentada en su pupitre mientras su profesora leía con atención su reflexión. Cinco minutos antes del final del recreo, la última frase se cerró tras los labios de la profesora y esta, al acabar, miró a su alumna y le dijo:
-Muy profunda… Se nota que lo has pensado detenidamente durante las vacaciones.
-Sí, gracias – murmuró al tiempo que sonreía.
-Gracias debería decir yo por dejarme leer algo así.
-Gracias otra vez… pero me tengo que ir o llegaré tarde a clase.
Al salir del aula se encontró con Rebeca, que la había estado buscando durante el descanso.
-¿Dónde estabas?
-Le enseñé la reflexión de hoy a la profesora. No me dejó salir de la clase mientras la leía.
-¿Qué?, pero… ¿Por qué?
-No lo sé – la sonrisa iluminaba su rostro - ¿Qué nos toca ahora?
-Libre. Te acuerdas que el profesor de Plástica dijo que no iba a venir a la próxima clase.
-Ah, sí, es verdad.
Los profesores los dejaron salir al patio, pero las dos mellizas decidieron ir a la biblioteca. No había casi nadie en la sala, el silencio ayudaba a estudiar a los empeñados en aprobar. Las hermanas se sentaron en una mesa alejada de las otras y en voz baja empezaron a hablar.
-Entonces, ¿qué te dijo la de Lengua?
-Que estaba muy bien
-¿Solo eso?
-¿Qué mas quieres?, para mí es suficiente
-Déjame leerla.
-Vale, pero tú dame la tuya.
Tras el intercambio de redacciones, Rebeca comenzó a leer la reflexión de su hermana.
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