ESTELA G.P., 3º ESO B
El sol de la mañana brillaba más que otras veces, los pájaros cantaban, las nubes habían desaparecido del cielo y el clima era perfecto. Por la ventana que daba a la calle, se veía reflejado un rostro de ojos brillantes y tez blanca. Aquellos ojos miraban al cielo con sensación de paz y serenidad. Estela se acariciaba la suave piel de la muñeca izquierda, sintiendo el latido de las venas y el calor de los músculos del interior. Sus ojos dejaron de mirar al cielo. Se quedaron a la altura de la muñeca, admirando las líneas grisáceas que marcaban su piel. Estela nunca había imaginado algo así, tener un amigo real pero a la vez imaginario.
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| Dibujo de Rebeca G. P. |
Ella y su familia habían estado preparando una fiesta sorpresa para la abuela Toni, que cumplía 72 años. Todos los preparativos habían durado una semana y hoy era el momento de llevar a cabo la sorpresa. Por la tarde llevarían a la anciana a su casa y en ella se encontraría con serpentinas, confetis, globos, pasteles y regalos. Llegarían a la casa y lo prepararían todo antes de que la cumpleañera llegara con su hija menor, Vanessa, que la llevaría a dar un paseo.
Las horas pasaban tan rápido para Estela que cuando sus padres y hermanas iban a marcharse tuvieron que llamarla, pues el paso del tiempo mirando al cielo se hizo muy corto.
Ya dentro del coche, Ana, su madre, llamó a la cómplice que se llevaría a la abuela de la casa.
-¿Dónde estáis?, ¡no dejes que se aburra o querrá volver a su casa!
-Tranquila, yo me encargo, no se preocupen de nada, la distraeré a toda costa – antes de colgar dijo - ¡Ah!, que viene, bueno, yo te llamo cuando vayamos de regreso.
-De acuerdo, suerte.
Antes de que llegaran a su destino, pararon a comprar la tarta, y como esta no estaba lista esperaron media hora.
-¡Seguro que se lleva una sorpresa!, ¿no crees? – dijo Rebeca.
-Sí, estoy segura de que así será – intervino Ariadna.
-Esto le va a encantar, hacía tanto tiempo que no celebraba su cumpleaños. Desde la muerte del abuelo no ha vuelto a ser la misma, está más desanimada y casi no sale de su casa – comento Rebeca.
-Se merece todo esto, y más – concluyó Ariadna.
Cuando la tarta estuvo lista se fueron en el coche de camino a la casa de la anciana. Ya había oscurecido y la luna redonda hacía gala de su belleza.
Aparcaron en la esquina de la calle y se dispusieron a entrar en la casa. Una vez dentro, Ana dijo:
-¡Ah!, ¡los regalos están en el coche!
-Yo voy a buscarlos, dame la llave del coche y los traeré – intervino Estela, acercándose a su madre y alargando la palma de la mano para recibir las llaves.
-De acuerdo, pero yo te esperare en la puerta, no me gusta que vayas sola de noche.
-Pero si es aquí mismo – refunfuñó la chica.
-¡No hay mas que hablar! – finalizó su madre.
Estela cruzó la calle, con paso firme se acercó al coche y sacó los regalos de su interior, sentía en la nuca la mirada fija de su madre que la observaba desde la puerta.
La noche estaba tranquila, apenas había tráfico, y las farolas alumbraban la calle. Con los regalos en la mano se dispuso a cruzar la calle, miró hacia un lado y al otro, no había coches, así que se bajó de la acera y empezó a caminar hacia la otra punta de la calle.
Unos brillantes ojos dorados la cegaron por un instante. Miró hacia arriba en busca de aquella luz cegadora. De pronto, sus piernas se pararon, su pulso se volvió rápido como el viento y sus ojos se abrieron como platos.
-¿Gannel? – pronunció en un susurro.
El búho se encontraba posado en la farola de enfrente. Ladeó la cabeza y abrió el pico, intentando decir algo, pero no pudo, por lo que giró de nuevo su cabeza hacia la derecha y miró fijamente la carretera. Estela al verlo hizo lo mismo. Tiró los regalos al suelo y su cuerpo se quedó petrificado mientras los focos de un camión apuntaban hacia ella con una ferocidad enorme. El intenso sonido de la bocina tampoco logró hacerla reaccionar. Cerró los ojos y todo quedó en silencio. No sintió dolor, ni miedo, era una sensación ya vivida en sus sueños.
-¡Estela! – grito su madre.
Parpadeó varias veces, pues la luz era muy intensa, se sentía magullada y dolorida.
El olor a lejía y desinfectante le hizo saber donde se encontraba. Intentó moverse, pero rechazó la idea al sentir las punzadas de dolor en la espalda y la cabeza. La puerta se abrió y un hombre con bata blanca entró en la habitación.
-¡Hola!, ¿cómo te encuentras, Estela? – le preguntó.
La chica lo miró asustada y desconcertada.
-Perdona, soy Adrian Clemente, tu médico desde hace un día - sonrió intentando relajar a la chica -. Voy a decirle a tu madre que entre, ¿te parece bien?
-Sí – murmuró levemente.
Con paso decidido salió de la habitación y en unos segundos su madre entró.
Tenía los ojos rojos y llenos de lágrimas. Se acercó a ella y la abrazó con todas sus fuerzas. Estela no se resistió y se unió a su madre como si no quisiera que se despegara de ella.
-¿Qué ha pasado? – preguntó Estela.
Su madre, algo más aliviada, le dijo:
-Te ha atropellado un camión. Fue culpa mía, debí ir yo a buscar los regalos.
-Tranquila, mama, no fue culpa tuya.
-¿Te duele mucho? – le preguntó su madre, mientras le tocaba la rodilla izquierda.
-¿Cómo?, ¿qué me pasa en la pierna? – de un tirón se quitó la sabana que cubría su rodilla, y observó que tenía una escayola desde la punta del pie hasta la mitad del muslo.
-Los médicos han hecho todo lo que han podido para volver a colocarte el hueso en su sitio.
Estela tragó saliva y aguantó las ganas de llorar, tensando fuertemente los músculos de la mandíbula.
-Tendrás que hacer rehabilitación durante cuatro meses.
-Lo siento – susurró la chica – por mi culpa la fiesta no salió como queríamos.
Durante el resto del día recibió la visita de toda la familia, que estaba fuera de la habitación esperado alguna mejoría. Por la noche su médico entró y le dijo a su familia que se fuera a casa para descansar. Estela también intervino, obligando a su madre a que se fuera a casa.
-Estaré bien, aquí me cuidan mucho.
La habitación se quedó a oscuras cuando la chica tocó el interruptor. Solo la luz de la farola de enfrente dejaba entrar unas líneas de claridad en la habitación.
Estela agachó la cabeza y comenzó a llorar de rabia e impotencia. Había aguantado los nervios y las lágrimas para no preocupar a su familia y solo lloró cuando se encontró sola en la habitación. Sus sollozos no cesaban y tenía las mejillas y los ojos enrojecidos.
-Todo saldrá bien, ya veras –la voz era conocida, fuerte y penetrante.
Entre sollozos, la chica elevó la cabeza y miró al animal, que se encontraba apoyado en los barrotes de su cama, a la altura de sus pies.
-¿Cómo has entrado? – preguntó, limpiándose las lagrimas. Con la sábana se secó la cara.
-¿Importa eso acaso? – sus ojos expresaban una tristeza impropia de él – no deberías malgastar las lágrimas con esto.
-¡¿Y qué quieres que haga?,! ¡no puedo moverme libremente, ni correr, ni saltar!, yo no quería esto – su mirada penetró en el interior del búho, su empatía se hacía más fuerte cada vez que se veían.
-Las cosas suceden por una razón, nadie las pide pero, sin embargo, están ahí, esperando para aparecer en el momento justo. No creas que esto te impedirá hacer lo que antes hacías, lo harás de forma diferente, pero al fin y al cabo harás lo mismo.
-¡Tú sabías que el camión iba a estar en la calle, por eso apareciste allí! – su voz se elevaba de rabia y tristeza-. ¿Por qué no me dijiste lo que iba a suceder?, me hubiera apartado y todo habría acabado en un susto.
-Porque no pude – dijo fríamente el búho -. Nada me hubiera gustado más que poder ayudarte, pero no pude hablar en ese momento, me fue prohibido.
-¿Cómo que te fue prohibido?, no te comprendo.
-Como ya dije, las cosas ocurren por una razón. Puede que ahora te sientas mal, pero no lo olvides, eres especial y en el futuro te diré todo lo que deseas saber.
Al acabar de hablar levantó el vuelo y atravesó la ventana a una velocidad casi imperceptible para el ojo humano.
-¡Espera! – intentó llamarlo, pero ya se había marchado.
La habitación se quedó en silencio. Estela ya no tenía ganas de llorar, ni se sentía triste, la presencia de Gannel se había llevado todas sus emociones. Las palabras del búho resonaban en su mente, provocándole una tranquilidad envidiable. Respiró profundamente y se preparó mentalmente para iniciar su rehabilitación.

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