ISORA C. 3º ESO - 27/11/2011
En ocasiones no aceptamos nuestros errores, e intentamos disfrazarlos con aquello que consideramos nuestras virtudes, sin percatarnos de que podríamos sacar mucho provecho de esas “taras” que ningún humano carece y en ningún momento las valoramos como nuestra mayor potencia.
"Cuenta un antiguo cuento jasídico que un rey poseía una valiosísima pieda preciosa que incidentalmente se rayó muy abismalmente. Pronto encargó a los mejores cortadores de diamantes que reparasen aquella preciada gema. Sin embargo, por más que se esforzaron, resultó imposible eliminar totalmente la maca. No obstante, uno de los talladores le ofreció a su majestad el poder corregir la hendidura, transformando el diamante en algo más valioso de lo que era antes de que surgiera aquel defecto que tanto afectó al Rey. El empleado grabó los pétalos de una rosa sobre la preciada alhaja y la profunda grieta hizo de tallo; demostrándole así al Rey y a todos los miembros de la Corte que nuestros desperfectos son los que nos hacen únicos y especiales y se transforman en nuestras virtudes propias, pudiendo sacar provecho de ellos".
Cabe destacar que es imperativo reconocer nuestros errores, que en ocasiones podemos intentar cambiar a mejor y en otras no, porque forman parte de nosotros mismos. Con esto quiero decir que yo misma cometo muchísimos errores que intento reconocer, pero en ocasiones me cuesta admitir que me he equivocado porque no estoy de acuerdo con la opinión de la otra persona o simplemente porque quiero tener siempre la razón, cosa que es totalmente imposible. Debo aceptar la forma de pensar de los demás y dejar que me corrijan cuando cometo algún error. No pretendo aprenderlo de un día para otro. Sólo poco a poco. Si no fuera por ese defecto, por ejemplo, no podría estar escribiendo este artículo para así poder ayudar a otros que se encuentran en una situación similar a la mía.
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