Hace mucho tiempo, cuando yo era solo un chiquillo de unos tres años de edad, mis padres tomaron una decisión que cambió nuestras vidas por completo. Evidentemente no era lo que ellos esperaban, ya que solo buscaban una vida mejor. Fue inolvidable para mí, tanto que recuerdo cómo pasó, como si hubiera ocurrido ayer.
Hacía mucho frío cuando la mañana despuntaba aquel dos de noviembre. Mis padres estaban atareados preparando aquello que ellos llamaban una “vida mejor”, aunque tampoco es que tuviéramos muchas cosas, porque no teníamos apenas dinero, y menos en un país como Rusia, con una situación política y económica no muy favorable. Mis padres deseaban viajar a otro país para al menos tener una casa decente en la que vivir y un trabajo digno. Ese día tomaríamos un tren. Yo estaba muy ilusionado porque nunca había cogido uno, pero no era consciente del peligro que conllevaba viajar en tren ilegalmente, y es que no teníamos con qué pagar los billetes, pues todo lo que teníamos lo gastamos en un poco de comida para el viaje. El trayecto hacia Alemania duró varios días. La verdad, no me gustó viajar en aquel vagón repleto de maletas de otros pasajeros, ya que, aparte de que fue muy incómodo, no podíamos hacer ruido porque la policía nos pillaría. Quedaba muy poco para llegar a nuestro destino. El pan se había acabado. Mi diminuta tripa no paraba de sonar pidiendo comida, pese a que yo le decía que se callara. El hambre me impulsó a abrir una de aquellas maletas, aun sabiendo que mis padres me habían advertido que no lo hiciera. Fue entonces cuando un gendarme que vigilaba nuestro vagón vio nuestro escondite. Me separaron de mis padres y me llevaron a un centro de menores. En aquel momento, era solo un crío, y no era consecuente del dolor que suponía alejarme de mi familia, ya que ignoraba que nunca más los volvería a ver; porque, aunque vivo muy cómodo en este sitio, el amor por mis seres más queridos es mucho más intenso y significativo.

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