PAULA H. - 18/11/2011
La mayoría de los adolescentes compartimos un pequeño problema, bastante irritante para los que nos rodean: nuestro rebotante humor.
Cualquier tontería puede hacer que pasemos de Heidi a la Sra. Rottenmeyer en un santiamén.
La culpa la tienen esas imprevisibles amiguitas que llamamos hormonas. Corretean como locas por nuestras venas. Sin embargo, esto no tiene que significar que seamos disparatados por fuerza. Los profesores, los psicólogos, los padres y las madres… se empeñan en alimentar esa imagen del adolescente rebelde sin causa, provocando además que todos parezcamos iguales. Falso. Cuando queremos, usamos el coco.
Yo, al percibir los primeros indicios de una posible revolución humorística, agarro el bulto pesado que es la razón y con ella aplasto a esos demoniacos impertinentes.
Paso a paso, este es mi recorrido:
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| Dibujo de Izwa Pérez, 3º A |
1. ME DOY CUENTAPiso el freno cuando siento que empiezo a descarrilar.
2. ME RELAJOInspiro, espiro, inspiro, espiro… Así voy desanudando mi cabeza.
3. ANALIZO LA SITUACIÓNMe convierto en mi propia psicóloga y me planteo una entrevista terapéutica:
- ¿Cuál es el problema?
- ¿Es de gravedad extrema?
- ¿Dónde está su origen?
- ¿Qué soluciones plantea usted?
- Si esas soluciones no se pueden poner en práctica, ¿caerá en un estado depresivo que podría desembocar en el suicidio? (Esta última pregunta es retórica)
4. SIGO POR DONDE IBA
Después de este pequeño lapsus, estoy lista para retomar el hilo de mi vida. No sé si esta formulilla surte efecto en todo el mundo.
De todos modos, más allá del caso concreto del humor, lo que quiero hacer ver es que los jóvenes no tenemos por qué flotar a la deriva, dejando que el mundo nos maneje a su antojo. El timón puede ser nuestro.

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