30 de noviembre de 2011

Reflexiones


ISORA C.  3º ESO
- 18/11/2011

Muchas veces nos vemos inmersos en situaciones confusas, en las que no sabemos ni qué queremos o quiénes somos y nos sentimos inseguros o incapaces de opinar. Tenemos una energía inagotable, sedienta de adrenalina y diversión. Subestimamos las consecuencias que acarrean ciertos actos, pero es que durante esta etapa, que dicen llamar adolescencia, solemos infravalorar los efectos negativos. Solo queremos más. Será por eso que los adultos creen desconcertante nuestra forma de pensar y ver las cosas.
Muchas veces, no somos nosotros, somos las modas, nuestros amigos (aunque ellos tampoco sepan realmente quiénes son, nos sentimos más seguros imitándolos) o incluso somos como nuestros padres. Obviamente, nos vemos más influidos por estos últimos, ya que compartimos hogar y ellos nos han educado así desde pequeños. Es por eso por lo que a veces actuamos como ellos. La convivencia puede resultar difícil, porque nos irritan sin ni siquiera saber el porqué. Quizá es que intentamos averiguar por nosotros mismos cómo funciona el mundo, ignorando que ellos también han pasado por esta edad, por lo que pueden ayudarnos.
Cabe destacar que en la pubertad tenemos más capacidad de comprensión y estamos más abiertos a nuevos criterios, como la homosexualidad, y es que nuestro cerebro es como una máquina. El cableado y los sistemas se actualizan, pero una vez acabada la reforma es más difícil hacer cambios. Esta también es la razón por la que a esta edad es crucial el aprendizaje, aparte de que es imperativo para nuestro futuro y nuestro presente también. Como bien sabemos, todos nosotros, como alumnos, tenemos deberes y derechos. Por ejemplo, recibir una educación, aunque solamos calificarla como deber, es un derecho que no todos tienen a su alcance. 
El pasado verano, acudí a un campamento donde niños de seis a catorce años compartíamos prácticamente todo: comida, baño, habitación… y lo más importante, tiempo. Me hice muy amiga de unos niños nigerianos y una niña sahariana, de seis y ocho años, que llevaban siempre una gran sonrisa en la cara. Apreciaban todo tipo de acto, insignificante para mí, tal como repetir plato, jugar, bañarnos o ponernos una tirita cuando nos hacíamos daño. Y es que con una simple canción inventada estaban felices. Un día, uno de los niños me explicó muy inocentemente cómo había sido su vida en su país, qué había sido de su familia, de su hogar… y cómo trataban a las niñas. Me pareció muy triste y a partir de ese momento, intento valorar todo lo que tengo a mi alrededor.

Tal vez todos necesitemos esa ayuda y ese “empujoncito” que nos hace ver mejor las cosas a nuestro alrededor, saber no despreciar todo aquello que tenemos (una casa, unos padres que nos quieren, unos profesores que se preocupan por enseñarnos, ropa, médicos…) y también necesitamos apoyo para resolver ciertas cuestiones que surgen a esta edad. Por eso y entre otras cosas hemos creado esta sección. Queremos ayudar y esta es, bajo nuestro punto de vista, la mejor opción. 

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